La Peluca mágica. Cuento corto. Víctor Alejandro Hernández Arteaga

Apenas soltó la piedra Benny se arrepintió de haberla lanzado. No es que fuera travieso o que perteneciera a una banda de delincuentes juveniles, sólo era un buen niño bastante enojado.

El estruendo del vidrio al estallar fue tal que los perros ladraron furiosos y las alarmas de los carros cercanos se encendieron escandalosas como si fueran guacamayas que gritaban: ¡Culpable! ¡Culpable! Benny sintió como sus cachetes se calentaban y corrió, con una extraña mezcla de rabia y arrepentimiento, hacia el parque al que últimamente iba al salir de la escuela. El cielo comenzaba a nublarse.

Con la manga del suéter se enjugó las gruesas lágrimas que caían por sus mejillas y no detuvo su carrera hasta que llegó a la fuente que estaba al centro de la alameda cayendo de rodillas sobre el césped. Chilló, pataleó, dijo palabrotas, arrancó el pasto en grandes manojos que tiró al aire mientras gritaba como si le doliera la barriga. Unas señoras que veían jugar a sus hijos en los columpios se apartaron del lugar haciendo muecas de disgusto; meneaban la cabeza mientras arrugaban la nariz como si olieran algo feo. Ellas no podían comprender la rabia, la tristeza, la soledad que sentía Benny en esos momentos. La tarde se oscureció aún más bajo las nubes de tormenta. Aquellas mujeres con sus hermosos hijos felices no sabían que su hermana pequeña de siete años, Rebeca, tenía cáncer.

A sus once años Benny pensaba que tenía una familia perfecta. Un padre dedicado y trabajador que se ocupaba de que no faltara nada en casa, incluidos abrazos y besos al llegar del trabajo; una madre cariñosa, tierna y divertida que también sabía ser enérgica cuando se necesitaba; y una hermana, que si bien a veces podía ser una verdadera pesadilla, Benny amaba con todo el corazón. Sin embargo su vida perfecta había cambiado en los últimos meses, cuando a su hermanita le descubrieron un bultito del tamaño de una nuez en su panza. "Un tumor maligno muy agresivo", dijeron los doctores; la opción era atender a Becky, como le decía Benny a su hermanita, con un tratamiento muy agresivo y agotador que iría minando las fuerzas de la niña.

A partir de entonces sus padres se notaban a diario cabizbajos, preocupados, tristes; ya no comían ni dormían como antes. Parecían zombis deambulando por los cuartos, arrastrando los pies con las manos colgando a los costados y una sombra negra bajo los ojos. Un velo de tristeza y soledad había caído sobre su hogar y el niño tenía miedo, miedo de perder a sus padres, miedo a volverse invisible para ellos, miedo a crecer sin la compañía de su hermana; quien tras varias semanas de tratamiento ya no quería piquetes ni sentirse mal. Se estaba dando por vencida y ya ni siquiera se levantaba de la cama para jugar con él.

Aquella tarde, al salir de la escuela, Benny no lo pensó dos veces cuando vio el colorido vitral de aquella casa ostentosa que le sonreía burlona, ignorante de su desgracia, y en un arranque de rabia decidió hacerlo mil pedazos. ¿Por qué el mundo podía ser feliz si él mismo no podía serlo?

Una gruesa gota cayó del cielo y pegó justo en su frente trayéndolo de vuelta de sus pensamientos.

-¡No te preocupes! Todo pasará.

La voz a su espalda sonaba cálida y tranquila, como la voz de un abuelo sabio, sin embargo, Benny no se giró, en parte porque sus padres siempre le habían enseñado a no hablar con extraños y en parte porque no tenía deseos de charlar con nadie, pero la voz insistió:

-No importa qué te suceda, pequeño. Pronto estarás más tranquilo.

Benny, intrigado y un poco más tranquilo, decidió volverse para ver de frente a quien le hablaba. Ahí, sentado en una banca, se encontraba un viejecito calvo y de de larga barba blanca. Vestía un desgastado abrigo a cuadros, una playera sucia muy delgada color rojo y un raído pantalón color café; sus zapatos tenían agujeros por todos lados. Miraba al niño con dulzura y comprensión a través de unos lentes raspados cuyas patitas estaban remendadas con vieja tela adhesiva.

-¿Cómo puede saber que todo estará bien? -quiso saber Benny notando que un rayito de luz de sol se filtraba entre los nubarrones iluminando a aquel hombre.

-Porque así es la vida. Porque nada dura para siempre y debemos seguir nuestro camino.

-Pero yo no quiero que se acabe -repuso Benny con lágrimas asomándose a sus ojos-. Aún hay muchas cosas por hacer, por vivir.

-Y así será, sólo debes mantener la fe.

-¿La fe? ¿En qué? Mi hermana está muy enferma y ya no quiere seguir con su tratamiento. Mis papás están muy asustados porque no quieren que... que... -Benny descubrió que no podía decir la palabra, sentía que si lo hacía era como si deseara que sucediera y prefirió apretar los labios.

-Si tu tienes fe tu hermana también la tendrá. Debes convencerla de continuar con su tratamiento -dijo el viejo.

-Pero ella ya no quiere. Le duele mucho. Está perdiendo el cabello y se está poniendo muy flaca.

El hombre alzó la vista al cielo, cerró los ojos, aspiró hondo, retuvo el aire fresco dentro de sus pulmones y enseguida expelió el aire mientras la brisa acariciaba su cansado rostro.

-Hay una forma -dijo al fin el viejo.

-¿Una forma para poder salvar a mi hermana? -quiso saber Benny visiblemente esperanzado.

El anciano metió la mano a un bolsillo de su abrigo y sacó una arrugada bolsa de papel, la abrió y sacó un extraño objeto que a Benny le pareció un peluche deshilachado de color café. -Esta peluca -dijo el viejo extendiendo el objeto para mostrárselo al niño- está hecha

con los cabellos de Sansón. Dásela a tu hermana y verás como recupera su fuerza.
Benny, extrañado y con cierta desconfianza, tomó la peluca.
-Pero... ¿Cómo...?
-¿Cómo sé que es de Sansón? ¿Cómo es que yo la tengo? -dijo el viejo adivinando

las preguntas. Benny asintió con la boca abierta-. Yo sólo sé que eso me comentó la señora que me la dio hace mucho tiempo. Dijo que me ayudaría a tener fortaleza para enfrentar mis problemas... y así fue. A mi ya me ha ayudado bastante, ahora es tiempo de que ayude a alguien más, y ese alguien me parece que es tu hermana.

Satisfecho con la explicación y sin cuestionar nada más, Benny agradeció el obsequio y salió corriendo emocionado hacia su casa. En cuanto llegó subió hasta el cuarto de su hermana y le puso la peluca. Ella, extrañada, le preguntó que era eso.

-Es una peluca mágica, la peluca de Sansón.

Sin esperar respuesta, Benny salió corriendo al pasillo y regresó con un viejo libro perteneciente a su madre, buscó en el índice y leyó con calma a su hermana la historia de Sansón. La niña escuchó atenta y emocionada todo el relato.

Cuando la historia terminó la cara de la niña se iluminó con una gran sonrisa.

-¡Tengo los cabellos de Sansón! También tendré su fuerza -dijo ilusionada y comenzó a incorporarse de su cama; Benny la ayudó impresionado, la peluca funcionaba.

A partir de entonces, Becky comenzó a tener hambre, su ánimo y fuerza se vieron robustecidos. Retomó con gusto sus terapias y al salir de ellas ya no se sentía tan cansada como antes, incluso los piquetes ya casi no le dolían. Mientras tenía puesta la peluca mágica sentía que nada podría dañarla y no se la quitaba ni para dormir.

Al paso del tiempo, después de unos meses, los sorprendidos doctores le dijeron a la familia que Becky estaba completamente curada y la dieron de alta. Los papás saltaban de alegría y Benny lloró de gozo. Cuando iban a abandonar el cuarto de hospital, Becky tomó la peluca y se la regaló al niño pequeño que ocupaba la cama contigua.

-Toma Pedrito, la peluca de Sansón te dará fuerzas.

Pedrito miró aquella cosa con curiosidad; en cuanto se la puso sus ojos se iluminaron con un mágico fulgor y una sonrisa enorme surcó su rostro


La peluca mágica.
Víctor Alejandro Hernández Arteaga